Por Maite Lezaun

Las personas experimentamos diferentes emociones a lo largo de nuestro día. Es fácil sentirse más cómodo con emociones positivas o agradables, pero, ¿qué nos ocurre cuando aparecen aquellas sensaciones que no nos resultan tan placenteras?

Sería interesante comenzar con una breve definición de las emociones para entender qué son realmente estas sensaciones que, ocasionalmente, tanto nos perturban. Son reacciones subjetivas al entorno que vienen acompañadas de diferentes cambios fisiológicos. No sólo aparecen ante una circunstancia presente y concreta, sino que también se disparan por cualquier hecho, idea o recuerdo.  Es evidente que no todas las personas nos sentimos igual ante las mismas situaciones, ya que cada uno interpreta la realidad de una manera, siendo la relación entre pensamiento-emoción-conducta lo que nos ayuda a comprender esta diferencia. Es decir, a partir de lo que pensemos de una situación concreta, aparecerá una emoción u otra. Esto, a su vez, nos llevará a una conducta determinada.

Imagen: @Freepik

Todas las emociones, agradables y desagradables, tienen una función adaptativa para nuestra supervivencia. Las desagradables son comúnmente conocidas como las emociones negativas, pero, ¿puede ser negativo algo que nos ayuda a sobrevivir? Cuando buscamos la definición de negativo, aparece lo siguiente: “Que produce algún daño o perjuicio o resulta desfavorable para algo”. Según esta definición, no es extraño que intentemos evitar cualquier sensación de este tipo o lo que es peor, impedir que la sientan las personas que apreciamos. Socialmente, está permitido expresar y sentir emociones agradables, vivimos rodeados de estímulos que nos obligan a experimentarlas. Sin embargo, ¿qué hacemos cuando nos sentimos tristes? O todavía más difícil, ¿cómo manejamos la ira y la envidia? En mi opinión, es una pregunta con respuesta evidente: las escondemos, las ocultamos y, por lo tanto, nos las negamos, haciendo que vayamos en contra de nosotros mismos.

Pensamiento – emoción – acción

Si volvemos a la relación anteriormente comentada (pensamiento-emoción-acción), observamos que la emoción no se presenta como algo correcto o incorrecto, bueno o malo, sino simplemente como el resultado de una interpretación que viene marcada por nuestra historia de vida y nuestras experiencias pasadas. Probablemente, nos sentimos desbordados cuando no nos permitimos tenerlas o expresarlas y, de esta manera, la emoción se vuelve en nuestra contra y reaparece de una manera más fuerte. A mi parecer, las emociones más negadas son la ira y la envidia. Es muy probable que, al sentirlas, aparezcan acompañadas de nuestra gran enemiga: la culpa. La culpa es algo que ayuda a cambiar, rectificar y corregir errores. En definitiva, a ser mejor persona. Entonces, ¿por qué aparece tras estas emociones? ¿Acaso no tenemos derecho a sentir ira y envidia? Según mi experiencia profesional, son emociones que muy presentes en todos los procesos terapéuticos. Es por esto que la figura del psicólogo se configura como un elemento esencial para permitir expresar este tipo de sentimientos sin que el paciente se sienta juzgado. Más allá de la causa que haya llevado a una persona a requerir ayuda psicológica, bajo la superficie siempre está la negación de emociones desagradables, así como el miedo a sentirlas y expresarlas. Así, la terapia brinda la oportunidad de descubrir el mundo emocional que subyace en cada uno de nosotros, aceptar nuestras emociones y, en definitiva, a nosotros mismos.

En conclusión, es más eficaz aceptar cualquier tipo de emoción que experimentemos, saber qué información nos están dando y, finalmente, decidir qué vamos hacer con ellas. Negarlas o luchar contra ellas desemboca en un círculo vicioso que genera un desgaste continuo.

Maite Lezaun

Psicóloga Sanitaria en Globaltya Psicólogos

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